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Lenny Bruce el asesino serial de la falsa moral – Clarín.com

Igual que esos jugadores de fútbol que perdieron la confianza del hincha y naufragan en el descrédito a pesar de sus intenciones, los Premios Gardel suelen generar murmullo una vez por año. Las discográficas se despliegan sobre el tablero como si se tratara del Game of Thrones de la industria local, los artistas asumen que puede posicionarlos y ayudar a vender más (o mejor) sus shows y los periodistas cacareamos sobre méritos y deméritos de los nominados.

Como sea, en lo que respecta al rock y al pop, los premios no antagonizan la popularidad: Ciro y los Persas tienen sus nominaciones, las ha tenido La Renga (en la curiosa categoría Mejor álbum rock pesado/punk) y las hubiera tenido, se infiere, el Indio Solari si hubiera publicado nuevo disco en la última temporada.

Menos preocupante que el destino de los Gardel, o la forma en la que se repartan porque al fin y al cabo no deja de ser un intercambio de fichas de las discográficas, es la inercia y la falta de participación de la masa rockera local.

El rock local podrá ser un tesoro de inocentes, pero a estos les cuesta interactuar en la escena. No se incorporan los 300 mil fans que solamente el Indio Solari movilizó a Olavarría en marzo. La cantidad de público está naturalizada, ya casi que no sorprende, pero es el mismo número que en 1969 hizo de Woodstock un acontecimiento histórico: una Nación.

Por supuesto, el tema económico talla y tala la convocatoria. Pero se insiste: si apenas el 10 % de los movilizados a Olavarría (sí, son 30 mil) participara de los shows habituales del fin de semana porteño, ese derrame generaría no sólo una reactivación sino también la posibilidad concreta de poder chequear propuestas que son amplias en variedad y calidad. No es esta una invitación con fines de lucro: hay fondos creativos que respaldan la sugerencia.

De un modo intoxicado por un entusiasmo y un gusto que tiende a generalizarse, los periodistas locales tendemos a creer que si propuestas como El mató a un policía motorizado o Los Espíritus tuvieran la magnitud que ostenta el Indio, el mundo sería un lugar mejor y diferente, como si Solari no fuera ya un artista distinto (por trayectoria, contenido, singularidad) y, sin embargo, el mundo sigue siendo un lugar que deja bastante que desear.

Cuando, un par de meses después, uno sigue mascullando la bronca por ese desdén con que el Indio justifica al azar (ese odioso “mis seguidores no saben lo que es el sold out”, que La Renga contrastó responsablemente poniendo topes para su show de Jesús María), su obra sale al cruce todo el tiempo. Treinta y cinco años atrás, al frente de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, cantó con sorna y misterio sobre Caryl Chessman, mucho antes de que los asesinos seriales fueran glamorizados y entronados en los ‘90. En aquel tema, Un tal Brigitte Bardot, inédito entre los discos que grabaron, Solari le otorga una sobrevida al criminal, condenado a muerte en la cámara de gas, por una serie de delitos sexuales. “Lubrica tus branquias, respira otra vez”, le adosa el cantante en aquel clásico.

Unos veinte años antes, Chessman había sido nombrado por Lenny Bruce, una de las mayores figuras de la contracultura de los ‘60. Monologuista descarado, humorista sin límites en una época de tabúes y morales acartonadas (“el hombre que le bajó los pantalones a la conciencia americana”, se dijo de él), prometió que si el Mesías regresaba a la Tierra para desterrar las enfermedades físicas y mentales, él volvería a suplicar por las vidas de (los ya ejecutados) Chessman y Adolph Eichman, el criminal de guerra nazi secuestrado por el Mosad en Argentina. Por el Lenny Bruce lúcido, locuaz, loco e inmoral, nadie elevó sus plegarias. Y murió, según la leyenda, de “una sobredosis de policía”. Su fantasma, insolente, sobrevuela en el recién reeditado y traducido Cómo ser grosero e influir en los demás (Malpaso), su propia autobiografía, que lo hizo póstumo y notable en vida.

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